Solidaridad

Actualidad 29 de junio de 2020 Por Horacio Rebon
“Si la ética y la política no son compatibles, debemos lograr que la política se someta a la ética y no a la inversa.”(Camus)
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   Fue Hannanh Arendt, politicóloga alemana (1906/1975), quién consideró como principio complementario de la libertad y la igualdad, no a la compasión, sino la SOLIDARIDAD.

Ella marcó que la SOLIDARIDAD “aflora con la fuerza volcánica en momentos de crisis”, para luego “desaparecer como una pompa de jabón”.

  La solidaridad exige al individuo asumir los  intereses de sus semejantes, en un espacio público en el que los miembros se encuentran comprometidos, saliendo de los propios límites del  egoísmo individual.

  Se concreta sólo en la aceptación del otro, reconociendo su otroriedad, que conlleva el “honor de pertenecer a la raza humana”.

  Estamos obligados a construir una nueva moralidad que nos permita perfilar una nueva cultura política y una nueva praxis comunicativa capaces de promover las libertades, derechos cívicos y relaciones de solidaridad, más allá de los marcos legales formales.

  Si asumimos la solidaridad como un principio que opere como mecanismo de reconocimiento de las necesidades del OTRO, podríamos quizás encontrarnos con lo que nos puede ocurrir a NOSOTROS, es decir tener que sufrir las calamidades, males, dolores, padecimientos, necesidades y enfermedades  que   afectan a los DEMÁS y que no nos son ajenas, sino también propias.

  El ser humano que está en “tierra de nadie” pierde su derecho a tener derechos y queda totalmente desasistido.

  De ahí que tenemos que enhebrar la ética, la justicia y la solidaridad, como señala Diana Maffía, con un nuevo contrato moral,  como parte fundamental de un mundo que se sensibiliza y se rebela contra la naturalización de acumulación de muertes producidas por el virus

  Nos horrorizamos cuando vemos a los migrantes morir ahogados en las aguas del  Mar Mediterráneo, convertido en un cementerio, al ser rechazados en muchos países de Europa y aquí en nuestro terruño …. 

 Mientras tanto, la maquinaria indetenible de nuestra sociedad planetaria se enfrenta a una disyuntiva: entre un modelo en el cual la desigualdad, el individualismo y los mecanismos de control social se exasperen dolorosamente y otro en el que la inclusión y la solidaridad sean posibles, garantizadas por un Estado activo y presente. Tan simple como preguntarnos si seremos mejores.

  Camus explora en su novela filosófica (La Peste)  si es posible la solidaridad humana. Lo es, pero su permanente lucha contra los demonios del crimen, los individualistas, egoístas  y antis de toda laya, la pueden convertir en absurda, solitaria y póstuma manifestación de estoicismo del “último hombre”.

  En “La Peste” “cada semejante se convirtió en un peligro. Corrieron a guardar lo único que habían aprendido a valorar: bienes, objetos, fortunas. La ciudad se aisló en una cuarentena de pánico sin que nadie supiera hasta cuándo. Se vivieron días de temor y desconfianza recíproca. Quienes podían hacerlo, acapararon provisiones sin importar si les serían necesarias a ellos o si lo eran para otros. Todos resultaban sospechosos y posibles fuentes de contagio. Y lo eran. Muchos consideraron que alejarse de los demás, los "sospechosos", no sólo resultaba una medida preventiva saludable sino un juicio moral y una condena.  Encontraron, no los razonables motivos para detener la expansión de un mal que desconocían, sino el argumento válido para justificar el abandono al prójimo y desentenderse de la suerte de quienes carecían de sus recursos para afrontar el peligro. El egoísmo que siempre tuvieron había alcanzado por fin el escenario de la salud para mostrarse sin vergüenza.”

  ¿Qué nos enseñó La peste, de Albert Camus? Que las peores epidemias no son biológicas, sino morales. En las situaciones de crisis, sale a luz lo peor de la sociedad: insolidaridad, egoísmo, inmadurez, irracionalidad. Pero también emerge lo mejor. Siempre hay justos que sacrifican su bienestar para cuidar a los demás. (Narbona)

  “Cuando todos estamos  amenazados, uno puede decidir si la solidaridad o el egoísmo es la estrategia recomendable. Si los medios para protegerse son escasos y alguien los acapara, condena a otros a la desprotección. Pero, al mismo tiempo, se condena a sí mismo a que las fuentes del contagio proliferen. Cuando la disposición a compartir los recursos se ve reemplazada por la manía de acumularlos, una patología mucho más mortífera que la Peste se disemina entre nosotros. Desde el instante en que algo nos hace creer que nuestra vida vale más que otras, lo peor de cada uno encuentra el clima propicio para gobernarnos. Es comprensible que el miedo altere la conducta. Pero es absurdo que lo haga en la dirección que multiplica el riesgo, y no en la que lo atenúa. Nadie ha superado una crisis sanitaria sin que la solidaridad social se establezca como el mecanismo que orienta las acciones. Cualquier acto realizado bajo la presión del pánico nos muestra descarnados y sin máscaras. Nobles y mezquinos andan desnudos cuando se sienten amenazados.” (Arte y cultura. Intramed.)

 Hoy ante la disyuntiva planteada, una vez más vale la pena insistir en que coloquemos la ética y solidaridad sobre la política, si esta se resiste a no someterse ante estos valores.

Horacio Rebón

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